viernes, 10 de septiembre de 2010

Los libros de la infancia

Para mí, antes de Kundera, estuvo Dumas y antes de Gógol, Hans Christian Andersen. Para los chicos de ahora, antes de Octavio Paz, probablemente vendrá Francisco Hinojosa (y aquí me permito hacer un guiño a los Biblionautas). Eso de crecer es inevitable, pero, aún cuando muchas veces queramos dejar atrás las cosas de niños, hay algo que tal vez nunca abandonaremos: las lecturas que nos cautivaron en la infancia. ¿Cómo no maravillarse ante los mundos descritos por Julio Verne? ¿Cómo no desear aventuras como las de Huck y Tom? ¿Cómo no enamorarse para siempre de los personajes clásicos de los cuentos de hadas? ¿Cómo no creer en la magia, si para ellos es tan real?

En cierta ocasión, una de mis maestras señaló que, si ella hubiera conocido las bellas artes a una edad más temprana, sería una mejor persona. En lo personal, creo que tiene razón. Creo que, si la gente supiera lo sublime que es la belleza que puede ser encontrada en el arte, el mundo sería un mejor lugar. Es por esto que hay que recordar que el rol de la literatura infantil y juvenil no se limita a un aspecto lúdico, sino que, además, cumple una función formativa, pues cada palabra en cada historia encierra una lección de vida que habrá de ser parte de ese cúmulo de enseñanzas que forjarán el carácter de los futuros adultos.

Es esta la razón por la que los textos para niños deben ser tomados muy en serio por los adultos, pues los pequeños de hoy (y valga el lugar común) serán los grandes del mañana. Serán quienes estén al frente de compañías, empresas, gobiernos y, a mi consideración personal, aún más importante, de una familia. Y no hay que olvidar que es en ésta, la llamada base de la sociedad, que se debe inculcar un gusto por la lectura, por la curiosidad y por el aprendizaje. Hay que sacudir y quitar esa telaraña mental que nos indica que preguntar está mal y que no se debe cuestionar lo que se nos dice. Hay que reemplazarla por la búsqueda constante de conocimiento y la única forma de hacerlo es a través de la lectura. Por nuestra biblioteca podrán ir y venir autores y títulos, podremos cambiar de editorial preferida, podremos hablar del Ulises de Joyce y discutir la filosofía de Sartre, pero siempre, no importa lo que hagamos, habrá ese libro que despertó nuesta hambre de letras, nuestra hambre de ideas, nuestra hambre de conocimiento.

Ese libro que nos despertó el apetito y que, hasta ahora, no se ha visto saciado. Ese libro, para mí, fue Tom Sawyer de Mark Twain. ¿Y usted recuerda el suyo?

5 comentarios:

Alan dijo...

Zas. En realidad no sé exactamente cuál fue el mío. Recuerdo que fui bien fan de Viaje el centro de la tierra de Verne. Lo leí de una sentada, emocionadísimo y me frustré mucho cuando vi el final. Luego quién sabe, estoy seguro de que hay muchos otros más que me gustaron de niño, pero pues ahí está ese =)

Caracola Mágica dijo...

El mío fue El árbol de los deseos, de Faulkner. Me creí mucho porque leí un libro serio y de pastas duras.

Dalina dijo...

A mí me marcaron muchos. Cuando era súper chica, mis papás nos llevaban a Cuerna, a una librería a comprar libros de figuras (nada que ver con los de ahora); así es que mi primer libro fue uno de la vida de las abejas. Pero el primero que me emocionó como loca fue, cuando salí de primero de primaria, (mi papi me lo regaló por mis buenas calificaciones) una selección cuentos de Wilde. El príncipe feliz y El ruiseñor y la rosa... por eso toda mi infancia fui azotadísima...bueno, Mel dice que todavía lo soy :)
Gracias por la entrada :D

Alejandra dijo...

Cuando era pequeñita tenía un libro de los hermanos Grimm que no tenía dibujos y todos mis compañero de primer grado se reían de mí, porque sus libros podían pintarse.

Me gustaba ese libro, porque con el pintaba mundos más bonitos. mi historia favorita era Juan sin miedo

José Alberto dijo...

El mío fue el Quijote que al principio leí por obligación y que luego seguí porque era de lo mejor que me había pasado en la vida. El final lo lloré a escondidas en mi habitación y lo releí hasta que se me secaron las lágrimas.